15/9/14

Actitudes comerciales: Cuando las ventas se llevan en la piel.


Uno de los oficios más duros que existen es el de vender tras un mostrador. Es una unión de paciencia, atención, dolor de pies y buen humor que no siempre se mezclan al gusto de todos.

Cuando un dependiente decide bajar la guardia -digo “decide” porque siempre es una opción-, pierde una oportunidad de compra. Muchas más si esa actitud pasa a ser una costumbre.

Esto suele ocurrir con demasiada frecuencia en los negocios familiares. Adquirir un compromiso con un familiar o con un amigo, a menudo trae como consecuencia la contratación de trabajadores con perfiles laborales inadecuados. El daño puede ser irreparable cuando el tamaño de la empresa y las circunstancias del mercado obligan a que todo el personal ofrezcan toda su dedicación, el máximo esfuerzo diario y la mayor delicadeza con los clientes.

Así lo detecté este verano en una tienda de alimentación pequeña, de barrio, de las llamadas “de oportunidad”, en Torre del Mar. 

Entré a comprar una botella de agua fría. Hacía calor. El reloj se derretía cerca de las seis de la tarde. No había clientes. Tras el mostrador había una joven atendiendo la mensajería de un móvil y un señor de avanzada edad escuchaba la radio observando el paso de la gente.

Saludé a ambos y solicité mi botellaa lo que ella respondió con un escueto “al fondo”. 

Al fondo fui pero no encontré nada, así que volví a pedirle más indicaciones. Algo no andaría bien con su interlocutor al otro lado del teléfono, pues me contestó de muy mala gana, que “por allí estaban”, que “dentro de una nevera con refrescos”. Ni tan siquiera me miró

Cuando uno está acalorado, sudando, con prisas porque el coche está mal aparcado, deseando llegar a casa, la calma es un bien escaso. Así que busqué un poco más y al
no dar con lo que buscaba, comencé a caminar hacia la salida.

La sorpresa fue ver cómo el anciano de cara cansada, sonriente, me cogió del brazo, me llevó de nuevo al lugar donde supuestamente estaban las bebidas y se puso a buscar a conciencia

No había agua fresca. No habían repuesto las estanterías. La chica no había hecho bien el trabajo previo y tampoco el de ese momento. No era la persona que necesitaba ese establecimiento. 

Pero como dice el refrán: quien tuvo, retuvo. Y los años de experiencia, el genio, el pundonor, la sabiduría de días y  días recibiendo clientes, salieron a flote y me dejaron esta pequeña joya para el recuerdo:
  • Vaya, pues no, no hay agua fría.
    Por favor, llévese esta botellita para que se calme la sed hasta
    que pueda encontrarla, que el calor no perdona. Es un regalo. Le
    acompaño. Adiós, adiós, buenas tardes.
¡Toda una lección de ventas! Lástima que no hubiera nadie para aprenderla.

Autor de foto: urbaninvestigations en Flickr y Happynet Comunicación en Instagram

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