lunes

Vendiendo un vestido. Caso práctico.


Si necesita probar alguna talla o que le ayude a elegir estaré por aquella zona colocando camisetas”.

Me había calado. No es que fuera muy difícil, la verdad, pues me hallaba bastante perdido entre tanta ropa femenina de formas y colores casi imposibles. Agradecí el guiño y su disposición. Había lanzado el anzuelo y yo estaba cerca.

Se la escuchaba hablar con otros clientes. Parecía ocupada llevando y trayendo piezas de un lugar a otro. No tardó ni dos minutos en pasar a mi lado, como al descuido, sin deseo aparente, para indicarme las prendas que estaban de oferta. Sentí el olor del cebo, pero no era ese el que haría picar.

Mis problemas eran de otro calado: modelo, color, talla. Ella lo sabía. Apareció de nuevo enfocando el tiro: “pero que si la persona que va a recibir el regalo es más de vestidos, tendría que ver los del otro lado, un poco más clásicos”.

Al otro lado me fui. Localicé una prenda con posibilidades, la miré y acto seguido se hizo dueña de la situación. Me enseñó las tallas, los modelos alternativos y me indicó la posibilidad del tique de regalo para que pudiera ser descambiado ante cualquier problema.

Casi sin esfuerzo esta vendedora, mostró sus productos, las ofertas, tanteó el terreno, rompió el miedo a comprar y consiguió una venta. Bueno, también me convenció para que solicitara la tarjeta de fidelización.

¡Qué gran vendedora esta Demelsa!  

(Autor foto: HerryLawford en Flickr)

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