lunes

Caso práctico: Pensar en el cliente


Imagina a 5 parejas de adultos y 7 niños entrando en un bar de tapas con una barra, 5 mesas altas para tapear y otras 6 para comer en pareja. Nada más llegar ocupamos un tercio del local. ¡Posaderaaaa! ¡Pónganos de beber y comer!

Se lo pusimos fácil: cerveza para los mayores, refrescos para los menores y platos calientes para compartir. Ella decidía qué poner en cada momento. Unimos las mesas altas y nos acomodamos expectantes.

Bastaron 15 minutos para que nuestras mesas quedaran abarrotadas de botellas, vasos, cubiertos, servilleteros, pan y algunos restos de tapas que nos había puesto para ir templando los cuerpos. Al poco llegaron los primeros platos: callos con garbanzos, fabes con almejas, atún fresco, revueltos …, no había forma de moverse en las mesas.

La camarera no se daba cuenta de lo agobiante que comenzaba a resultar la experiencia. Llegaban platos pero no se llevaba ninguno. Todavía no habíamos terminado la mitad de uno de ellos cuando traía otro más. Ella se acercaba, hacía hueco, soltaba su carga y no escuchaba las quejas, así que comenzamos a apilar y a obligarla a que se llevara lo que no servía.

De pronto apareció con dos codillos para compartir, con hueso y todo.
- ¿Sería tan amable de trincharlos, por favor, que no tenemos hueco para hacerlo y puede que se caigan?
- ¡Uy, no puedo, que la cocina está atestada y no tenemos tiempo de atender a todos!

Los codillos, a pesar de lo sabrosos que estaban, nos dejaron un sabor amargo para el resto de la tarde. De hecho cortamos el trasiego de platos y acabamos en otro bar tomando café.

Y es que hay gente que aún no sabe de qué va su negocio. ¡Luego se quejarán de la crisis!


Autor foto: Daquella Manera en Flickr)

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