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Caso práctico: Problemas de talento

Manuel era un ingeniero brillante. Rectifico: brillantísimo. Tanto que al poco de ser contratado pasó a formar parte del laboratorio. Tanto que pasados unos meses le nombraron jefe del laboratorio.

Tenía unos conocimientos y una claridad de ideas inigualables. Placa electrónica que se le pedía, placa que veía la luz en un tiempo récord. Cualquier problema técnico quedaba resuelto satisfactoriamente al poco de caer en sus manos. ¡Por fin habíamos conseguido al ingeniero que buscábamos!

Cuando la voz se corrió, comenzaron a llover solicitudes de reparación. Era normal, la corporación pagaba un dineral a empresas externas por trabajos que ya podíamos ejecutar internamente. Así que el flujo de trabajo se fue incrementando progresivamente.

Los primeros retrasos se achacaron a un deficiente dimensionamiento del laboratorio. Pero en tan sólo dos meses el bloqueo fue alarmante. No se había visto cosa igual. Las reclamaciones de los clientes se mezclaban con las de nuestro personal, las llamadas arreciaban, hubo un pico insólito de bajas de clientes y los cobros empezaron a hacer aguas. ¿Qué narices había pasado?

Pues que Manuel era incapaz de transmitir su conocimiento. Nadie salvo Manuel sabía hacer el trabajo que se le pedía. Manuel era una caja estanca en la que entraban placas estropeadas y salían arregladas. Era una máquina de reparar sin pantalla para ver el proceso.

Y ahora viene lo peor. ¿Sabes lo que hizo la empresa? Mandó al director del departamento técnico para que despidiera a Manuel. Así que perdimos a un buen técnico, nos quedamos con un mal director y sufrimos varios meses de crisis con nuestros clientes.

Todavía me angustio al recordarlo.

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